Una falda carmesí se extendía sobre los patrones de mármol, sus tacones altos y la lámpara de araña de cristal se movían al unísono. Los ventanales, que iban del suelo al techo, proyectaban la noche de la ciudad sobre el fondo de una pintura al óleo, y la pedrería que colgaba de su clavícula era la única estrella de toda la escena.