Ese día cerré mis ojos en la fragante niebla del salón de las escrituras, y de repente escuché el mantra en tus escrituras cantadas. El camino de la montaña, no para la audiencia, sino para tu calidez. En esa vida, recorrí los cien mil montañas Olvidé todo, abandoné mis creencias y abandoné la reencarnación, solo porque la rosa que una vez lloró frente al Buda se perdió hace mucho tiempo.