Con un vestido tradicional chino, se encontraba junto al Lago del Oeste. El viento le alborotaba las mangas y hacía que el rocío cayera de las hojas de loto. Sus ojos sonrientes se curvaron como medias lunas mientras extendía la mano para captar la fragancia de las flores de loto; su aspecto era tan adorable, como si hubiera salido de un cuadro.