Las rosas crecían sin control a lo largo de la valla de hierro oxidado, serpenteando por el sinuoso sendero hasta formar un túnel rosado. Capa tras capa de pétalos, que brillaban desde el rosa pálido hasta el púrpura carmesí, relucían como la seda. Las flores dobles, tan grandes como tazas de té, ondulaban sobre el muro floral con la brisa, haciendo que innumerables pétalos cayeran en cascada como nieve fina.