Los suspiros del verano se vieron interrumpidos por la lluvia, extendiendo ondas de diversa profundidad sobre las losas de piedra azul. Los pétalos, bañados por el rocío, caían suavemente, como cartas sin enviar, rompiéndose en las grietas cubiertas de musgo. El agua que goteaba de los aleros bañaba repetidamente los descoloridos dibujos de los marcos de las ventanas. Era el tiempo, borrando los susurros tácitos de algún destino.