Bajo la llovizna del denso bosque, una chica con vestido blanco se refugiaba en el pasillo de madera, con una ciruela verde en la palma, cuyo sabor agridulce persistía. Un paraguas transparente sostenía una extensión reluciente, con gotas de agua goteando de su borde. Cruzaba de puntillas los charcos junto al estanque, con su aspecto juvenil, fresco como una lima recién cortada, tan refrescante que era imposible apartar la mirada.