Los lichis tejían un dosel verde, y ella se acurrucaba entre sus ramas viejas. Su vestido blanco se mecía con las sombras de los árboles, sus curvas abrazando suavemente las ramas. La luz del sol se filtraba entre las densas hojas, cayendo sobre su cabello, e incluso el aire parecía estar impregnado de tranquilidad: en la profunda serenidad del bosque, yacía el poema más tierno de la naturaleza.