Su túnica verde estaba medio sumergida en la fría piscina, y los dedos de sus pies rozaban ligeramente las ondas. Permanecía en el agua con los ojos cerrados, dejando que la luz de la luna dorara el filo de la espada hasta convertirlo en una cinta plateada. Cuando la hoja de un metro de largo cortó el agua, no creó salpicaduras, sino un aura de espada solidificada, como el hielo fino que se agrieta en un lago a principios de primavera, como una garceta blanca que se sobresalta desde un cañaveral a finales de otoño.