Una luz terrosa se filtraba por las ventanas de la vieja casa, cubriendo suavemente la tela de mi fina camisa. Algunos mechones se me subieron al pelo, convirtiéndose en tenues hilos dorados. Me quedé en ese rincón del tiempo pasado, dejando que la luz me puliera como si fuera una parte de la vieja calle. Ah, este invierno sureño, resulta ser el sol que me acaricia suavemente.